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La anatomía del riesgo: cuando el desastre deja de ser natural

A partir del conversatorio internacional “Del desastre ‘natural’ al riesgo socialmente construido”, organizado por la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil (SGIRPC) de la Ciudad de México el pasado 2 de julio, surge esta reflexión sobre cómo durante décadas, el lenguaje común habló de “desastres naturales” como si la pérdida de vidas, viviendas, infraestructura y medios de subsistencia fuera consecuencia directa e inevitable de la naturaleza. Esa expresión parece inocente, pero no lo es. En gestión del riesgo, nombrar mal un problema también puede gestionarlo mal.


Uno de los aportes más poderosos del encuentro fue insistir en una distinción técnica básica: el fenómeno físico no es el desastre. Un sismo es un fenómeno geológico. Una lluvia intensa es un fenómeno hidrometeorológico. Un huracán es parte de la dinámica atmosférica. El desastre aparece cuando esas amenazas interactúan con condiciones sociales de vulnerabilidad: viviendas precarias, infraestructura deficiente, falta de planeación urbana, pobreza, informalidad, exclusión, ausencia de mantenimiento, debilidad institucional o pérdida de memoria histórica.


Esta diferencia no es un juego semántico. Tiene consecuencias políticas, jurídicas y éticas. Si el desastre es natural, nadie responde. Si el desastre es socialmente construido, entonces hubo decisiones, omisiones, prioridades presupuestales, modelos de ocupación territorial y estructuras de poder que deben ser revisadas.


Por eso, el conversatorio del 2 de julio no solo fue una revisión académica; fue una invitación a mirar el riesgo como una responsabilidad pública. La pregunta ya no es únicamente qué tan fuerte fue el sismo, qué tanta lluvia cayó o qué velocidad alcanzó el viento. La pregunta de fondo es: ¿por qué había tantas personas expuestas?, ¿por qué sus viviendas no resistieron?, ¿por qué el drenaje no fue suficiente?, ¿por qué la alerta no llegó?, ¿por qué la memoria histórica no modificó la planeación?


 

La RED: una insatisfacción que cambió el paradigma


La historia de La RED es también la historia de una incomodidad. A principios de los años noventa, diversos investigadores latinoamericanos y especialistas vinculados a la gestión de desastres comenzaron a cuestionar el enfoque dominante. Ese enfoque estaba centrado en la emergencia: contar víctimas, distribuir ayuda, reconstruir infraestructura y preparar cuerpos de respuesta. Todo eso era necesario, pero claramente insuficiente.

 

Los materiales del conversatorio recuerdan que La RED se gestó como una “red de insatisfechos”: un grupo de profesionales que no aceptaba que la explicación del desastre terminara en la amenaza física. Esa inconformidad tuvo momentos clave en encuentros internacionales de 1991 y se formalizó en 1992 en Limón, Costa Rica.

 

Ese origen importa porque muestra algo central: el pensamiento latinoamericano sobre riesgo no nació como una moda conceptual, sino como una respuesta crítica frente a territorios donde los daños se repetían, las desigualdades se acumulaban y la prevención seguía subordinada a la respuesta.

 

El libro “Los desastres no son naturales” se convirtió en una obra fundacional porque puso en palabras una idea que hoy parece evidente, pero que en su momento resultó profundamente disruptiva: el desastre es un proceso, no un evento.


Seis voces para entender la anatomía del riesgo

 

  • Virginia García Acosta aporta la profundidad histórica. Desde su mirada, el riesgo no aparece de repente: tiene genealogía. Los desastres deben leerse en el tiempo, porque las vulnerabilidades se forman mediante procesos prolongados de ocupación territorial, exclusión y decisiones repetidas. Su perspectiva permite rescatar también la construcción social de la prevención: las comunidades no solo sufren riesgos, también producen memoria, adaptación y conocimiento.


  • Alan Lavell coloca el riesgo en el centro del desarrollo. Su aporte ayuda a entender que el desastre no es una interrupción externa del desarrollo, sino muchas veces su resultado. Cuando el crecimiento urbano, la inversión pública, la infraestructura o la expansión económica producen exposición y vulnerabilidad, el desastre deja de ser una anomalía y se convierte en una consecuencia.


  • Omar Darío Cardona introduce una dimensión clave: medir el riesgo no basta si esa medición no conduce a responsabilidad. Su insistencia en la inacción como decisión política obliga a mirar la latencia del riesgo. Cuando una autoridad conoce una amenaza, identifica población vulnerable y aun así no actúa, la omisión deja de ser neutral.


  • Andrew Maskrey contribuye con una de las distinciones más útiles para la política pública: riesgo intensivo y riesgo extensivo. El primero corresponde a grandes eventos de baja frecuencia y alto impacto; el segundo, a pequeños y medianos eventos recurrentes que erosionan lentamente la vida cotidiana de comunidades vulnerables. El riesgo extensivo suele ser invisible para medios y gobiernos, pero decisivo para entender la pérdida acumulada de bienestar.


  • Anthony Oliver-Smith aporta la mirada antropológica. Su concepto de “crisis revelatriz” permite comprender que el desastre no crea las fracturas sociales: las revela. Después del impacto, aparecen desigualdades que ya estaban presentes, conflictos territoriales que ya existían y fragilidades institucionales que solo se vuelven visibles cuando el daño se materializa.


  • Gustavo Wilches-Chaux incorpora una dimensión ética, pedagógica y ambiental. Su insistencia en que los desastres no son castigos divinos ni hechos naturales desplaza la conversación hacia la responsabilidad humana. También abre una frontera contemporánea: reconocer que muchos riesgos surgen de la ruptura entre sociedad y naturaleza, de invadir cauces, alterar ecosistemas y tratar el territorio como soporte pasivo del desarrollo.



Las piezas conceptuales más importantes


  1. Distinción entre amenaza, vulnerabilidad, riesgo y desastre. La amenaza es el fenómeno potencialmente dañino. La vulnerabilidad es la condición que permite que ese fenómeno cause daño. El riesgo es la posibilidad de pérdidas futuras. El desastre es la materialización de ese riesgo. Esta separación es esencial porque permite intervenir antes del daño.


  2. Vulnerabilidad como proceso. No se trata solo de pobreza, aunque la pobreza es un factor determinante. La vulnerabilidad incluye ubicación, calidad de vivienda, acceso a servicios, capacidades institucionales, organización comunitaria, información, movilidad, salud, educación y poder político. Nadie “nace vulnerable” en términos sociales; las sociedades vulnerabilizan cuando distribuyen de forma desigual la protección, el territorio seguro y las oportunidades.


  3. Latencia del riesgo. El riesgo no empieza cuando ocurre el sismo o la inundación; ya estaba allí. Estaba en el asentamiento sobre una ladera inestable, en el hospital sin refuerzo estructural, en el drenaje insuficiente, en el atlas de riesgo no actualizado, en la norma no aplicada o en el presupuesto preventivo postergado. La latencia obliga a actuar antes de que el evento revele lo que ya se sabía.


  4. Riesgo extensivo. En muchos territorios, la vida cotidiana se deteriora no por un gran desastre mediático, sino por inundaciones menores, deslizamientos recurrentes, interrupciones de servicios, pérdidas de patrimonio doméstico, daños a caminos, escuelas o pequeños comercios. Son eventos que rara vez activan grandes mecanismos internacionales, pero que reproducen pobreza y debilitan capacidades locales.


  5. Riesgo sistémico. El riesgo actual no puede entenderse como una suma de amenazas aisladas. Pandemias, cambio climático, inseguridad alimentaria, urbanización precaria, dependencia tecnológica, desigualdad y fragilidad institucional se conectan. Una comunidad no enfrenta “un riesgo”, sino capas de riesgo que se superponen. Por eso, la gestión integral no puede limitarse a mapas de amenaza; necesita leer relaciones, dependencias y efectos en cascada.



La inacción también construye riesgo


Una de las ideas más fuertes del conversatorio es que no actuar también es decidir. En gestión pública, la omisión suele presentarse como falta de recursos, falta de tiempo o falta de competencia institucional. Sin embargo, cuando existe información técnica suficiente sobre una vulnerabilidad y aun así no se interviene, la inacción se convierte en parte del proceso de construcción del riesgo.

 

El protocolo de gobernanza cargado entre los materiales lo formula con claridad: la gestión del riesgo debe transitar de la administración de la tragedia a la auditoría de la responsabilidad por la creación del peligro.

 

Esto tiene implicaciones profundas para protección civil, desarrollo urbano, infraestructura, medio ambiente, salud, transporte, vivienda y finanzas públicas. La gestión del riesgo no puede ser una oficina que reacciona después del daño. Debe ser una función transversal del Estado y de las organizaciones.


Aquí aparece una de las críticas centrales del conversatorio: muchas instituciones adoptaron el lenguaje de la gestión integral del riesgo, pero conservaron presupuestos, estructuras y culturas centradas en la emergencia. Cambiar el nombre de una dependencia no transforma el modelo si la inversión sigue privilegiando equipos de respuesta sobre reducción de vulnerabilidad, planeación territorial, mantenimiento, fiscalización y participación comunitaria.


Del discurso a la efectividad

 

La gran pregunta del conversatorio no fue si el paradigma de La RED sigue vigente. Lo está. La pregunta es por qué, después de tantos años, su incorporación práctica sigue siendo parcial.

 

Una respuesta está en la sectorialización. El riesgo suele encerrarse en áreas de protección civil, cuando en realidad se produce en decisiones de desarrollo urbano, vivienda, infraestructura, inversión privada, regulación ambiental, transporte, salud pública y ordenamiento territorial. Si la oficina de gestión del riesgo recibe el problema cuando la vulnerabilidad ya fue construida, llega tarde.

 

Otra respuesta está en la brecha entre conocimiento y decisión. Tenemos mejores mapas, mejores modelos, más datos y mayor capacidad técnica que hace treinta años. Pero la información no reduce riesgo por sí sola. Un atlas ignorado, un estudio sin presupuesto o una alerta que no modifica decisiones son evidencia acumulada de una cultura reactiva.

 

La tercera respuesta está en la falta de accountability. Mientras la creación de riesgo no tenga consecuencias políticas, administrativas, financieras o legales, seguirá siendo más rentable postergar la prevención que intervenir causas estructurales.


Por eso, una de las propuestas más provocadoras es imaginar figuras independientes, con capacidad de vigilancia transversal, que funcionen como defensorías u observatorios del riesgo. Su tarea no sería responder a emergencias, sino advertir, documentar y exigir corrección cuando el desarrollo esté produciendo vulnerabilidad.



Nuevas fronteras: policrisis, naturaleza y futuro post-Sendai


El mundo actual es más complejo que el de los años noventa. El conversatorio reconoce que la gestión del riesgo entra en una etapa marcada por policrisis: crisis climática, urbanización acelerada, fragilidad institucional, desigualdad, pandemias, degradación ambiental y dependencia tecnológica.

 

En ese contexto, el enfoque de La RED no pierde vigencia; la gana. Si el riesgo es socialmente construido, entonces el cambio climático no produce desastres por sí solo: amplifica vulnerabilidades existentes. Las lluvias extremas impactan más donde hay drenajes insuficientes. Las olas de calor golpean más donde hay viviendas precarias y trabajo expuesto. Los incendios se vuelven más destructivos donde la expansión urbana invade zonas de interfaz forestal.

 

La discusión sobre derechos de la naturaleza abre otra capa. Pensar que un río tiene derecho a su cauce no es solo una metáfora ambiental; es una forma de reconocer que muchas catástrofes se producen cuando violentamos dinámicas ecológicas básicas. Invadir cauces, rellenar humedales, deforestar laderas o impermeabilizar ciudades son decisiones que transforman procesos naturales en daños sociales.

 

El futuro post-Sendai 2030 exigirá ir más allá de la reducción del riesgo como compromiso declarativo. Hará falta medir la creación de riesgo, sancionar omisiones, integrar información, fortalecer capacidades locales y reconocer que la resiliencia no se decreta: se construye desde el territorio.


Lecciones para profesionales de seguridad integral


Para quienes trabajan en seguridad integral, el conversatorio deja una ruta clara.

 

  • Dejar de evaluar riesgos como amenazas aisladas. Un análisis serio debe incorporar exposición, vulnerabilidad, capacidades institucionales, cultura organizacional, mantenimiento, gobernanza y contexto territorial.


  • Medir antes del daño. Los indicadores reactivos son necesarios, pero insuficientes. La seguridad moderna necesita indicadores proactivos: condiciones críticas controladas, tiempos de cierre de acciones, cumplimiento de inspecciones, reportes tempranos, aprendizaje implementado y señales de deterioro organizacional.


  • Incorporar memoria. Cada evento previo es una fuente de aprendizaje. Si una comunidad se inunda cada año, si una instalación falla de manera recurrente o si una ruta de evacuación nunca funciona en simulacros, allí hay información para intervenir.


  • Fortalecer la participación. La prevención diseñada sin comunidad suele ser técnicamente elegante, pero socialmente débil. El conocimiento local, la memoria territorial y la organización barrial no sustituyen a la ciencia; la complementan.


  • Asumir que el riesgo es una decisión de liderazgo. En empresas, gobiernos e instituciones, la pregunta crítica no es si existe riesgo, sino quién lo está mirando, quién puede intervenirlo y quién responde si se decide ignorarlo.


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Puedes ver la grabación completa del Conversatorio, publicado por la Secretaría de Gestión Integral de Riesgo y Protección civil de CDMX, dando clic aquí.


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Reflexión final


Este conversatorio fue especial porque reunió a las voces que ayudaron a cambiar el idioma de la prevención en América Latina. Pero su valor no está solo en la memoria académica. Está en la incomodidad que nos deja.

 

Si aceptamos que los desastres no son naturales, entonces ya no podemos escondernos detrás de la lluvia, del sismo, del volcán o del azar. Tenemos que mirar nuestras ciudades, presupuestos, permisos, omisiones, desigualdades, normas incumplidas y formas de ocupar el territorio.

 

La gestión integral del riesgo empieza cuando dejamos de preguntar únicamente qué fenómeno ocurrió y comenzamos a preguntar qué sociedad permitió que ese fenómeno se convirtiera en pérdida. Esa pregunta no es cómoda. Pero es indispensable.

 


Ten un día seguro®.

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Fuentes consultadas

  • García Acosta, V., Lavell, A., Cardona, O. D., Maskrey, A., Oliver-Smith, A., & Wilches-Chaux, G. (2026). Conversatorio “Del desastre ‘natural’ al riesgo socialmente construido: vigencia crítica de los aportes fundacionales ante escenarios de riesgos complejos”. Síntesis documental interna.

  • La RED. (1993). Los desastres no son naturales. Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina. Referenciado en los materiales del conversatorio.

  • Ten un día seguro. (2026). Del Desastre Natural al Riesgo Socialmente Construido: Aportes y Desafíos de La RED. Documento de síntesis.

  • Ten un día seguro. (2026). Compendio Biográfico: Los Cimientos de La Red y el Cambio de Paradigma en América Latina. Documento interno.

  • Ten un día seguro. (2026). Protocolo de Gobernanza: Marco de Responsabilidad Institucional ante la Latencia del Riesgo.

  • Ten un día seguro. (2026). Cartilla de Fundamentos: ¿Por qué los desastres no son naturales?


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